No suelo volar mucho, un par de veces al año y principalmente por motivos de trabajo. Ahora desde que estoy en Albacete la cosa cambia; me muevo en tren y dentro de poco, si las obras avanzan, lo haré ni más ni menos que en alta velocidad.
Pero bueno, pasemos de trenes y centrémonos en lo que nos atañe: Los vuelos “Low cost”.
Todos corren a por uno de estos vuelos y cuando lo consiguen, presumen de haber obtenido la tarifa más baja. A todos ellos les digo que corran, que a mí no me van a volver a ver volando con ellos.
Imagino que todos os estaréis preguntando el por qué de mi decisión. Todo vino a consecuencia de un viaje que queríamos hacer a París por segunda vez pero con otras vistas.
Lo habíamos planeado para que fuera el regalo de fin de curso de Nacho, por haber sacado unas buenas notas pero ya que estábamos le dijimos a la suegra, o sea a mi madre, que se viniera para que también pudiera disfrutar de la experiencia. Ya sabéis que donde caben tres, caben cuatro.
Una vez dentro del avión, nos dijeron que íbamos a salir una hora y media más tarde, me quise morir y no es para menos. Pensar por un momento la imagen de mi madre con cara de circunstancia y diciendo que cuándo íbamos a desayunar, que se tenía que tomar las pastillas y a ese niño pegándole patadas de aburrimiento al viajero que tenía delante y mientras tanto nosotros aguantando el chaparrón. Ahí pensé que mi matrimonio era sólido porque después de eso, no sé qué más podía pasar… pero hubo más: Un largo recorrido a París desde el aeropuerto de Beauvais, paradas interminables en los distintos puestos ambulantes de los alrededores de la torre Eiffel , caídas en el metro, calores no propias de París y por último, de vuelta a casa, más espera.
Estuvimos sentados sobre unas tres horas donde podíamos ya que aún no habíamos embarcado y en un aeropuerto que era lo mínimo que se despachaba en aeropuertos y para colmo con registro incluido.
Por fin de regreso, y cuando pensaba que no había merecido la pena el viaje, me sorprendió la cara de mi madre mirando las nubes y diciendo que el paisaje era como un pueblo lleno de nieve por todas partes, como las postales de navidad. No me digáis que no hay inocencia en sus palabras. En ese momento fui feliz y me juré que volvería pero como una señora, tarde el tiempo que tarde.
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